Cuatro estampas de Silva


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1 Cuatro estampas de Silva Escribe: R AFA EL 1\IA Y A E l mozo tiene apenas veinte añ os, un poco corridos, y acaba de llegar de Europa. E s bien plantado, y una barba incipiente le enmarca el 1 ostro, de notable palidez, y hace resaltar la nariz aguileña, pero muy proporcionada. Viste con alguna afectación, a la última moda de u1l1 amar, y fuma incansablemente cig-anillos de boquilla dorada, lanzando el humo con estudiada indolencia. Po:,iblemente aspira a ser un Alcibiades criollo, en esa Santa Fe amodorrada, a la cual ha regresado después de tlos años de ausencia. Qué hastio de ciudad! Calles estrechas y generalmente sucia!':, por donde discurren acequias que solo llevan desperdicios y que, de vez en cuando, se ancmansan formando charcos verdosos donde, por la noche, cantan monótonamente las ranas. Faroles municipales de luz ::iempre agonizante, que arrojan sobre las paredes las sombras fantasmales de unos pocos transeúntes que caminan envueltos en sus capas. Campanas plañide I'as a todas horas del día. "Aguadoras" que arrean sus asnos cargados de "múcuras" que contienen agua del chorro de Padilla para abastecer a los habitantes. Caballeros que por las tardes discuten en el atrio de la catedt al. En fin, una vulgaridad desespe1 ante. Nuestro j oven se ha refugiado prontamente en su casa porque allí, por lo menos, encuentra lujo y comodidad. Alli respira ese aite de distinción de que necesitan!'lus r1ervios fatigados, que todavía conservan la vibración de ese Paris universal donde ha disfl utado de todas las exper iencias. Se llama, por desgracia, José Asunción, como su tío abuelo, nombre que le parece antipático, pero que tiene que soporlar, como soporta cierta desviación del pie izquierdo, que no llega a la deformidad bayroniana, pero que le tuerce el tacón del zapato. Aho1 a descansa en el salón de la casa que le ha sido a!'iignado para que instale su escritorio y su biblioteca. Hay, también, sillones antiguos y confortables, armarios de procedencia colonial que resuenan al abrirlos y que dejan escapar un noble aroma de cosa:s viejas. Igualmente abundan objetos de chillona modernidad, sin destino aparente, pero que contrastan con la lustrosa vejez de los otros muebles. Pero el recién llegado no ~e acomoda del todo ni en su casa, ni en la ciudad, ni en esa habitación. Es un desadaptado. La cansa no reside, como pudiera pensar se, en los dos años de vida europea, demasiado fugaces, sino en su propia organización espiritual, que reclama las cosas excepcionales. Lo

2 "raro" tiene para él más encanto que las experiencias normale::; de los sentidos. A sí pudo confirmarlo en París, leyendo A 'tebou1 s, de J. K. Huysmans, el libro que más avasalló su fantasia. Esto lo lleva a examinarse irteriormente. Tiene la manía del análisis. Qué encuentra en los vericuetos de su conciencia? En primer lugar, manías ancestrales, como cierta obsesión por la muerte o, más claramente, por el suicidio, obse~ i ón que rechaza con todas las fuerzas de su alma, pues por ahora, su instinto ~e agarra a la vida como una zarpa. Advierte igualmente, que lo dominan el gusto por el lujo y por una ociosa ensoñación que lo hace odiar la vida práctica. Posee una t remenda receptividad sensual y sus nervios exigen siempre distensiones enervantes. Su cerebro es como un laboratorio. Desea saberlo todo, experimentarlo todo, vivir muchas vidas en una sola. Pero de acuerdo con su maestro Mauricio Barrés, que lo ha iniciado en ciertos métodos introspectivos, su primera necesidad es afianzar su "YO", con mayúscula, pero este 11 YO" se le desvanece en un mundo de del irios imaginativos. Quién es él, finalmente, y qué desea? Qué finalidad tiene su existencia? De pronto aparece, en un sitio despejado de su panorama interior, una preocupación dominante. Será un escritor, un artista, un poeta. Será un hombre muy culto, acaso un pensador. Pero, qué clase de poeta será en Colombia, viviendo, como vive, a fines del siglo, y teniendo a la espalda una tradición que no le entusiasma, y parte de la cual se halla representada por su propio padre? P orque, efectivamente, J osé Asunción ha crecido en un ambiente literario, y ha visto de cerca, en su propio hogar, a los escritores más notables de la época. Los "cuadros de costumbresn lo han envuelto, literalmente, en su atmósfera abigarrada de localismo pintoresco y está fastidiado del Niño Agapito, de la N iña Agueda, del R c miendito y de La tienda de eújn A ntuco. Toda esa literatura, que él estima demasiado casera, no puede servir de centro a su "YO", que debe ser excepcional. Ya la palabra "modernismo" ha comenzado a sonar en sus oídos y empieza a sospechar que ser modernista no puede consistir en otra cosa que parecerse a los poetas "decadentes" o 11 malditos" a quienes leyó en Paris, es decir, un Arturo Rimbaud, un Tristán Corbiere, un Malhnmé, un Paul Vet'laine. Estos serán sus orientadores, pues lo ligan a ellos múltiples afinidades espirituales. Comp1 ende Silva, por otra parte, que en el fondo de su temperamento existen viejas raíces r ománticas que no ha podido extirpar. La muerte, el pasado, los niños, las campanas, los paisajes brumosos, la nostalgia de amores imposibles, todo eso palpita en el fondo de su ser y aspira a encarnar en formas artfsticas. Pero allí está el problema. Necesita de formas nuevas para expresar ideas viejas, tan viejas como el alma humana. Y él entiende por "forma" no solo la cuestión exterior de Jos y itmos, sino algo más : una visión nueva de las cosas, que las haga salir, intactas y felices, del fondo mismo de la imaginación creadora. Entonces, para hablar secamente tiene que r ealizar el tránsito de lo romántico a lo modernista. Allí está la t'evolución. José Asunción se siente satisfecho porque ha encontrado una clave para Jo que a spira a realizar. Por esos dias han comenzado a germinar en Hispanoamérica, en el orden literario, inquietudes desconocidas. Por allí

3 apuntan un Diaz Mirón, un Julián del Casal, un Gutiérrez Nájera, que cantan como ruiseñores de otros.climas en la maraña tropical El, José Asunción, se siente más poeta que todos ellos. Además, ha viajado y ha leído muchos libros. El joven bogotano, antes de acostarse, abre un libro ele Barrés: Bajo la. -mirada de los bárba ros. Definitivamente, él pertenece a los otros, es decir, a los civilizados. ESTAMPA SEGUNDA J osé Asunción comienza, en el silencio de su cuarto de estudio, a revolver las maletas que ha traído de E uropa. Todavía nadie sabe nada acerca de su regreso, con excepción de dos o tres amigos íntimos. Saca ropa finísima: pañuelos que ha de sacudir delante de las damas para que se esparsa el perfume de ese París tan difícilmente abandonado; trajes de corte elegante, comprados en Londres; docenas de guantes olorosos; algunos retratos de mujeres y, sobre todo, libros, muchos libros, todos ellos en ediciones costo.:;as. Los va colocando amotosamcnte sobre un estante apropiado. Brillan los títulos dorados, impresos en el lomo de cada volumen. Ha leído algunos de ellos, pero la mayor parte están reservados para las horas de tedio o de descanso que le aguardan en esa Santa Fe medieval, donde pululan frailes y beatas por ca11es y plazas. Sabe que tiene que asistir al almacén que posee su padre en la tercera Calle Real y que se verá obligado a vender zapatillas y co1 srts para las señoras; pero no quiere pensar en eso, por ahora. Ahora solo le preocupan los libros. Qué libros son estos? Primeramente aparecen los Ensayos de sicologúz contemporánea, de Bourget, libro que le fascina porque estimula sus facultades a na Hticas. Allí encuentra un estudio sobre Baudelaire que viene a confirmar sus sospechas acerca de la posición central del poeta de Las flonts del mal en relación con el pensamiento contemporáneo. Baudelaire siempre le dio la im presión de un animal extraño, algo así como esas arañas fantásticas que pintó Odilon Redon, con ojos humanos y apéndices de pulpo, y que él pudo contemplar en París, en una galería de exposiciones privadar. Aparecen después las novelas de J. K. H uyssmans, un Baudelaire de la prosa, que dio muerte al vulgar naturalismo creando la estética de lo artificial y de lo exótico en la figura de Des Esseintes, a quien envirlia en el fondo del alma. Viene en seguida Verlaine, el de las músicas inefables, y luego el noble y altísimo Mallarmé, que solo escribe para unos pocos iniciados, en estilo cabalístico, rompiendo la lógica del lenguaje, para descubrir extrañas correc:;nondencias entre las palabras y el pensamiento. Y cómo no haber traído a Nietzsche, que a soma por allí, repre~entado en A sí hablaba. Za.ratustl a.? Silva ya ha leído varias veces este libro, y admira varias cosas: en primer lugar, la ma~ificencia del lenguaje, no superada por nadie en Europa durante muchos años de literatura; después, su doctrina del Super-hombre, que arrasa toda moral fundada en esclavitud y servidumbre, y erige a la voluntad de superarse como árbitro del bien y del mal. La rebeldía de Silva contra el medio social en que lu~ha, su ari s tocráti~q d~t)dén por lo que el mismo filósofo llamaba

4 ~<la canallería moderna", y su cesárea ambición de predominio, todo ello le hace amar al hombre que cercó de f~ases relampagueantes la montaña de su aislamiento. Silva ignora el alemán, pero conoció a Nietszche en una traducción francesa y se empapó de su doctrina a través de los estudios de Brandes, que ya empezaba a ser conocido en Europa. Toclavia faltan muchos libros por colocar en su respectivo puesto. Aparece Guyau, con sus estudios sobre la función social del arte y sobre la moral de Epicuro. Estos estudios reúnen, a la penetración intelectual, propia del filósofo, la gracia del estilo, y Silva deduce que Guyau logró juntar la gravedad teutónica de un profesor de Konigsberg y la levedad briljante de un normajiano helenizado. Allí e s ~'Í La f ilosofía del arte, de Hipólito Taine, que a bre nuevas perspectivas a la cr~tica estética, y que Silva ha leído asistiendo a una especie de deslumbramiento interior ante e! arte supremo de ese maestr o incomparable, que infunde nueva vida a las estatuas y a las figuras de los lienzos, de donde deduce el espíritu de una época. Y también ~ enán, tan poeta como sabio,. a quien pudiera clnrse como emblema un tulipán de las Tul1e1 ías entrelazado con una espiga evangélica. Acaba de salir P ierre Loti, por quien percibe Silva ráfagas de exotismo y cuya nostalgia de marino enamorado del oriente concuerda con actitud añorante de Silva ante el pasado irrevocable. Y, dónde dejar a 1\felchor de Voguié que lo inicia en el conocimiento de la lite1 atura rusa y pone delante de sus ojos la formidable figura de Tolstoy, cuya novela, La { -uc1 r a y la paz, le robará mu~has horas de sueño? Y luego los gtandes críticos del siglo, Faguet, Giraud y Lemaitre, que convertirán la crítica litera1 ia en una verdadera ciencia del espiritu, reforzando el análisis con todas las adquisiciones de la historia y de la sicología. J osé A sunción se fatiga un poco en esta labor de clasificar sus libros, y resuelve colocarlos, por lo pronto, desordenadamente, mientras llega de nuevo la hora de or ganizar en serio su biblioteca. Los libros son la única razón de su vida porque ni siquiera el amor ha logrado cautivar su voluntad. Experiencias eróticas ha teniao muchas, pero eso le ha enseñado -sin necesidad de leer a Lucrecio- cómo de la fuente misma del placer emana un háhto malig no que envenena el alma.. P ero los libros, en cam~ bio, le han infundido muchas vidas, al ponerlo en contacto con el pensamiento del pasado. El soplo de las cultm as antiguas refresca su espíritu. El lo a simila todo con pasmosa facilida d, pero, en el fondo, no tiene verdadera apetencia de sabiduría sino simple curiosidad de sibarita, que quiere enriquecerse con experiencias más que con verdades. La verdad, en si misma, le deja indiferente. Lo que ama es la emoción del conocimiento, es decir, la sorpresa que le ocasiona toda noción inédita mientras no es substituida -por otra más llamativa. No hay sistema ninguno en su entendimiento, que aspira a conocerlo todo, aun las cosas más opuestas entre si, siempre que pongan a vibrar alguna cédula de su cerebro. Todo, aun las nociones más abstractas, se convierten para él en sensaciones dolor osa s, que ponen a funcionar la máquina de sus nervios. E s un ator mentado, pero un atormentado silencioso, que en algunos días ostenta cierta palidez espectral que sólo sabe interpretar su hermana, la confidente

5 ESTAMPA TERCERA Se acerca a los treinta año~. Precoz en tono sm haber tenido propiamente infancia ni juventud, pues muy temprano tuvo que hacer~e cargo de la casa, por muerte ele ~u padre, y entrar de lleno en la vicia de lo~ r.egocios, parece ahora un ~eñor maduro y con má<= nño~ de loo:; que realntente tiene. Viste con suma elegancia, acaso con afectación, y ha dejado cerrar la barba en torno de su rostro. Una hermosa harba, pulcramente cuictada, que da a su rostro un notorio parecido con la efir.-ie (!el Lucio Vero que se encuentra en las ~alas del Louvre. parecido que ya fue notado pot alguno de sus amiyos eruditos. Tiene fama rle excéntrico y de pe-dante pero esto no l'l desvela porque, por otra parte, tampoco quiere "epatar" a Jos bun~ueses. De los burguese~ nere~il;\ para sus neg-ocios y por eso, precisamente, Ol'ulta su condición de poeta. Muy pocas ~on las personas que conocen sus versos y sus cuento~. Para sus conciudadanos def)p r evenidos, José Asunción es un hombre de mundo a quien muchos consideran lig eramentc (]esequilibl'ado a causa de sus t are?.ar pe1 sonales. Pero del alto poeta que lleva adentro no sospecha nada el llamado 11 púhlico". Sus festines Hricos sm1 íntimos. Unos pocos amigos, en torno de una taz::t de té. he allí }Q único que necesita e~te hombre!"ensible y refinado. Afuera, r ue ~ople el viento de la incomprensión, que murmuren la~ comnnres, qt1e se rian los banqueros. Nada importa. A estos convites de }a amistad y ne} talento!'ojo deben entrar los iniciados en las liturgias del arte nuevo. Silva oficié! con fervores rle neófito. Para el nuevo evangelio literario que va a predicar él mismo ha redactado algunos episodios maravillosos. José Asunción se acomoda en una amplia y mórbida silla, dentro de 12 cual desaparece casi por entero, dejando que apenas sobresalga la cabeza de medallón antig-uo. Enciende un cigarrillo, da un sorbo a una taza ele té, y empieza la lectura de un poema que ha titulado V ejeces. Los amigos aplauden al final, pero dos de ellos, acaso los más avisados, a quienes llama la atención el tono nuevo de esos versos: Baldomero Sanfn Cano y Emilio Cue1 vo Márquez, arnbos t1 atan de investigar el secreto, y piensan: Qué habria sido de esto tema tratado por a lguno de los poetas Tománticos que andan por a111, por ejemplo Pombo, o por algunos de los contertulios de la ugruta Simbólica"? E imaginan fácilmente el resultado de esa experiencia poética. En cambio -siguen pensando- este Silva, que está alli medio sonriente y que se prepara para leer otro poema, ha acumulado en torno del gastado tema de las cosas viejas una serie de a~ociaciones exquisitamentc' escoginas en el mundo aristocrático de la frivolidad y de la galantería. r~u las de amor, atadas pot una cinta; guante~ olorosos ; ramilletes de florer marchitas; trajes que lucieron en la<: fiestas de otros días; espadines y casacas de caballeros empolvados; frac;cos vacíos que contuvieron e~encias embriagadoras; abanico~ ya oxidado~. que crujen a l ser abiertos de nuevo; y en fin, otras muchas ~ur-<>rencias por el mismo estilo que indican la intromisión de un elemento enteramente nuevo en la Jlrica colombiana. En esa manera de levantar un tema trillado y muy propenso a los lugares comunes, hasta el plano artificioc:o de las sensaciones mórbidas y exquisitamente amortit!uadas, en eso reside el - 341

6 arte nuevo de Silva. La sensibilidad, que j uega con los matices, ha reemplazado al sentimiento, que emplea color es crudos. Silva lee después La ventana, Nupcial, Luz de luna y sus atentos amigos declaran que nada de lo escrito anteriormente en el país se parece a esas melodías confidenciales que tienen tanta sugestión como música. Entonces Sanín Cano alude a la teoría de Guyau acerca de lo bello y lo poético, que no son lo mismo, según el critico francés, pues lo bello hace r elación a la forma, y lo poético a lo que esta forma sugiere. Lo bello está en lo que se ve, lo poético en lo que solo se deja vislumbrar. Todos concluyen que el encanto de los ver sos de Silva reside, precisamente, en esto último. Para Guyau esa es la verdadera y única poesía, afirma, finalmente, Sanín. Silva, después de estas oportunas observaciones, se atreve a hablar de "simbolismo" palabra que algunos de sus oyentes no entienden bien, o entienden solo a medias. El explica lo que quiere decit simbolismo y les habla de Mallarmé, que formuló la estética de esta escuela, estética que se reduce exactamente a Jo que ya Guyau había proclamado. Nombrar las cosa s es matar su encanto. E sfumar sus contornos y entreverlas en una especie de ensoñación mística, eso es definirlas poéticamente. Silva comprende y ahora sí lo comprenden también sus amigos, que él es un "simbolista". E sas tristezas vagas y esas ternuras anónimas que palpitan en el fondo de su ser, no pueden ser traducidas en el lenguaje plástico de algunos poetas coloristas sino por medio de balbuceos melódicos para ser dichos 11 al oido del lector". T odos sus poemas tienen algo de susurro o de brisa que recoge, al pasar, aromas de jardines, suspiros de alcobas, silencio de cipreses. Nada definido ni concreto, porque su inteligencia ama la media luz, y en medio de ella, como en medio de un crepúsculo ceniciento, hace aparecer una extraña luna, que lo diluye t odo en una agonia de mariposas nocturnas. Silva ha consumido muchos cigarrillos y bebido muchas tazas de té. Examina el r ostr o de sus amigos y encuentra en cada uno de ellos evidentes señales de admiración y gratitud. No es poca cosá ser los confidentes de un hombre superio1 que solo para ellos descubre las intimidaeles de su espíritu. Con todo, no está contento con su obra. El a sph-a a una especie de poesía pura, casi sin la stre intelectual, que traduzca su música inte2 ior por medio de palabras inefables. Ya ha enc011trado a lgunas corno húmedo, lánguido, místico, he? áldico, pálido, que serán la clase estilistica de sus ritmos verbales. Sus amigos se pierden en la noche santafereña, poblada de fantasmas corno la soledad de un eremita. ESTAMPA CUARTA E sta es la última noche del poeta. Nadie sabe que este joven, que tiene apenas treinta años, pero que ostenta una madurez superior a su edad, ha resuelto quitarse la vida por su propia mano. Ha habido f iesta en su casa y Silva se ha portado como perfecto hombre de mundo, atendiendo a las damas, diciendo agudezas y r emedando a los hombres de la política en parodias perfectas. Cerca de la media noche se despiden los invitados. Silva sale a la puerta de su casa provisto de una lámpara, bajo

7 cuya luz contempla, por última vez, los rostros de sus mejores amigos. Extrema las demostraciones de afecto con Cuervo :vtá rc']uez, con Hernan. c!o Villa, con Rueda Vargas, con Arias A1 gáez. Después entra a la casa y sigue derecho hacia su habitación. Cierra la puerta y comienza a pa searse, consumiendo ciganillo tras cigarrillo. Qué ha -.iclo su -.rida? Nada, en comparación de lo que ima:rinó que podía ser. Fracasos, humillaciones, tropiezos, y sobre todo, pobreza, esa pobreza a la que teme más que a la muerte porque significa la degradación social. Han sido trein 1 a años de guerra consigo mi ~ mo y ele lucha con el medio ambiente, con alternativa~ de optimismo y de confianza, con tránsito de la oración a la blasfemia. con instantes de júbilo y horas de lamentable dcpre-.ión. Su temperamento inestable lo ha t raicionado siempre. Su sicología se ofrece como una síntesis paradojal de sentimientos contradictorios. Su conci<'ncia ha sido como una galería de espejos que han reflejado, por cli!l\tintos aspectos, su identidad hum ana. En la agitación que lo invade ya ni siquiera la memoria le sirve como lazo de unión entre imágenes ian diferentes. Sin embargo, hay algo que recuer da con h emenda luciciez: 1 es la muerte de su hermana E lvira! Vuelve a verla en mitad del salón, hun dida en el ataúd forrado de raso y a la luz de unos cil'ios parpadeante ~. Vuelve a sus labios el verso de Petrarca, que entonces le dedicó: "La muerte misma pat ecía bella en su rostro". Toda la hermosura de la tierra parecía transparentarse en la lividez de aquella perla humana, ahora destinada para adornar los crespones del sepulcro. Recuerda Silva que E:n homenaje a la hermana muerta, y añorando los pa~eos que ambos hacían por la sabana de Bogotá, en noches de luna y acompañados por el querido Sanín, escribió aquel Noctwrno, que la ~ente se ha acostumbrado a parodiar ignominiosamente. El divino preludio fue convertido en canción de carnaval. Pero, ahora ante la idea de la muerte, hac;ta el ~entimiento de esa profanación se convierte en piedad. Todo es pequeño para Silva ante la infinita mudez que lo aguarda y que él quiere 1 omper con un pobre grito de protesta. Qué será del navío que lo conducía de Caracas a Bogotá y que nauf ragó frente a lar costas colombianas? Se habr:-1 h undirlo del todo? Allí pereció casi toda su obra literaria sin publicar. Al abismo rociaron versos y prosas con toda su música. Así r esonarían los cantos de Orfeo en el infierno. 1 Tiene que morit! Un revólver VleJO hallarlo en cualquier cajón de su alcoba va a poner final al drama. Sobre la mesa de noche queda un Ubro manu ~c rito que contiene copia de al~uno s poemas ~al vad os, y los borradores de una novela que ha redact-ado febt ilmente, y qup ec; su testamento litcrat io. Esa pro~a nueva. llena de color y de plasticidad. má~ poética que sus mismos versos, delicadamente c;infónica y, en ocasiones. recargada de ornamentos como una catedral bizantina, esa prosn ~erá el legado que Silva les deja a las letras caste11anas. Y ec e.lm:r F cnuíndcz, que figura como protagonista de la mal llamada "novela" es decir, de Sobremesa, será una semblanza suya, apenas estilizada, pero henchida de sus propios deseos y ambiciones, y profundamente reveladorn de lo que aspiró a ser, de lo que quiso realizar y de cuanto constituyó su ideal como

8 poeta y como hombre. Sobre la ruina de sus sueños y de su vida levantó la figura de ese J osé Fernández, que es su alt e ~ ego, vale decir, u n Silva a quien la gloria rodeó de poderes para conjurar a la muerte. Se recuesta en el lecho después de haberse desemba1 azado de la chaqueta, del cuello postizo y de la elegante corbata. De pronto lo asalta una idea espantosa. Y Dios? Y la eternidad? Muy poco ha pensado en esta~ cosas durante su vida. Ha sido un temperamento reacio a las preocupaciones metafísicas. La muerte siempre ha estado presente en sus versos, pero como un acabamiento de todo, sin ulteriores cons.ecuecias. Morir no es ni siquiera integrarse a la primitiv~ sustancia del universo, sino regresar a la nada. Así lo cree f irmemente. Algunas emociones religiosas de su infancia pasaron sin dejar huella en su conciencia. Casi nunca rezó ni entró a las iglesias. Tuvo todos los apetitos de la vida, pero esta exaltación fue cerebral, pues muchas veces tuvo que conformarse con satisfacciones mediocres, robadas a la mezquina realidad. A qué seguir viviendo? Si no es posible confo1 mar la vida con nuestro sueño, como decia el mag nifico D'Anmmzio, qué objeto tiene este combate de sombras, que es la existencia humana? José Asunción mira por última vez los objetos que hay en su alcoba y detiene los ojos en la brillante cerradura de la puerta que mañana ha de t echinar para anunciar el duelo de la casa. Fuma el último cigarrillo, con lentitud, y se compara con la ceniza y con el humo. Ha pasado la media noche. Su cerebro permanece lúcido, pero sn mano obedece a un movimiento mecánico. Suena el disparo, pero nadie se despierta en la casa, y a la calle estrecha y silenciosa no sale ni un eco de la detonación. Santafé duerme. Ha muerto un señor llamado "Silva", pero este muerto comienza a vivir al día siguiente de su desaparición con vida tan poderosa, que la historia le abre paso. Y él avanza cargado de atributos simbólicos, como todos aquellos que han sabido t enovar la vida del espíritu

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