EL CAMELLO DE LAS ALAS AZULES


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Transcripción

1 EL CAMELLO DE LAS ALAS AZULES Por Juanita Conejero Quique tenía una consola de videojuegos. Era un gordito que según decían estaba pasado de peso, no por comer muchas golosinas, sino porque se sentaba todo el día frente al

2 televisor y se pasaba horas y horas ejercitando solamente los músculos de la mano. A Mandy, un niño que vivía enfrente, se le iban los ojos observando los juegos a través de la ventana de su vecino. - Cómo me gustaría tener esa consola!, decía con tristeza. Una tarde, Quique lo invitó a pasar y a partir de ese instante, los dos se hicieron inseparables amigos. La consola se había adueñado de la casa, hasta tal punto, que la hermana de Quique tenía que ir a ver la televisión a casa de su amiga Margarita. Pasaron los días, los padres de Mandy hicieron un esfuerzo y le compraron una consola. Ahora los que no podían ver la televisión eran ellos.

3 En menos de lo que canta un gallo, Mandy se convirtió en el jugador más experto del barrio. Figúrense que el regalo se lo hicieron en las vacaciones. No había quien se le pusiera delante, ni siquiera Quique. Llegó la hora en que a Mandy solamente le interesaba la consola. Ya no iba al cine, ni a tomar helados, ni jugaba futbol y lo que era peor, no leía ni un solo libro, salvo los de la Escuela, porque no le quedaba otro remedio. En fin, Mandy engordó tanto como Quique y hasta los confundían. Pero un buen día, se dañó la consola y aún no se habían terminado las vacaciones. Para Mandy, fue como si el mundo se abriera a sus pies. Se acostó en la cama y no quería ni comer.

4 Estaba tan aburrido! Para él, la vida era una consola. Todo lo demás no existía. Su mamá le compró libros que nunca leyó, su papá lo invitó a ver un partido de fútbol que prometía ser muy interesante y no quiso acompañarlo, sus amigos lo llamaron para ir a bailar a casa de Teresita y no lograron sacarlo de su habitación. Un día, Mandy estaba en la cama con sus ojos cerrados. Parecía que se había quedado dormido. De pronto, sintió como si hubiera alguien en la ventana. Se levantó y cuando la abrió, frente a él estaba un camello grande, muy grande, que lo invitaba a pasear. Asombrado, se acomodó en la joroba y cuando salió a la calle se fueron subiendo al animal tantos niños que daba la impresión de un circo en fiesta de domingo. El camello iba muy alegre con su bulliciosa carga, avanzaba radiante por el medio de la ciudad, llegó a la Autopista y siguió por ella entonado una extraña canción que coreaban todos los viajeros.

5 Subió montañas, bajó a los valles, atravesó ríos y cuando llegó a la costa, al camello le salieron unas alas azules enormes y se echó a volar. Qué hermosa vista desde las alturas! Se podía ver el mar sereno debajo de las nubes. Después conocieron a indígenas del Amazonas, a los pieles rojas de América del Norte, a los esquimales del Ártico, a los canguros de Australia y hasta parecía que habían llegado a China, porque divisaron una imponente muralla llena de hermosas tradiciones y desde donde le lanzaban unos lirios que les caían en las manos. Llevaban un buen rato de travesía, cuando el camello descendió en una fértil llanura. Tenía mucha sed y allí había un arroyuelo de aguas muy claras. Mientras el camello bebía y descansaba, los niños sembraron unas plantas pequeñas, pequeñísimas, que se convertían inmediatamente en árboles gigantes y, como por arte de magia, todo el espacio se

6 convirtió en un extenso bosque al que llamaron: EL BOSQUE DE LA AMISTAD. Allí comieron helados, recitaron poemas y hasta dejaron escritos sus mejores pensamientos. Después, otra vez todos se subieron al camello para continuar el maravilloso paseo. De pronto Mandy abrió los ojos. La ventana estaba cerrada. Era que estaba soñando! En ese preciso momento su mamá exclamaba: - Aquel que se aburre cuando se le rompe un juguete, no tiene imaginación. - Mandy se levantó de la cama, se peinó, se puso su mejor camisa y salió corriendo a buscar a Quique. Ambos fueron juntos a abrir la ventana.

7 Allí los estaba esperando el Camello de las alas azules. Guardó presuroso la dañada consola y de un salto alcanzó la joroba y volvió de nuevo decidido y feliz a soñar con el mundo a colores que lo esperaba despierto.

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