En navidad? Ni pensarlo!


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2 1 En navidad? Ni pensarlo! Deseaba con todas mis fuerzas que el veintiséis de diciembre no llegara nunca, pero llegó exactamente cuando le correspondía. Me da una rabia que no se haya encontrado todavía la forma de parar el tiempo! Cuando me preguntan qué quiero ser de mayor, cosa que mi familia se empeña en hacer de vez en cuando, yo contesto siempre que aún soy demasiado joven para tenerlo decidido. Pero no es verdad. Lo digo solamente para que me dejen en paz, y también porque me tomarían por loco si dijera que quiero dedicarme a parar el tiempo. O, mejor dicho, a buscar la manera de pararlo! Me imagino vestido con una bata blanca y metido dentro de un laboratorio, haciendo experimentos con instrumentos 7

3 complicadísimos, con relojes de todos los tamaños y con líquidos humeantes de todos los colores posibles. Al fin y al cabo, soñar es gratis! Pero como parece que la cosa no tiene remedio por el momento, me preparé lo mejor que pude para aquel veintiséis de diciembre que tan poco me apetecía. Después de la comida de Navidad, con la barriga bien llena, empecé a hacerme la mochila poniendo cara de mártir y haciendo mucho más ruido del necesario. Cada vez que mi padre o mi madre andaban cerca, suspiraba como un huracán y me quejaba entre dientes: Tendré que llevarme otro polar Hará un frío de narices! Tan bien que se está en casa, con la calefacción Volveré enfermo, seguro! Ellos seguían a la suya, como si no me oyeran. Mi padre se limitó a prometerme que me prepararía un bocadillo gigante de jamón para el camino. Mi madre se limitó a asegurarse de que metiera en la mochila la ropa interior más nueva. Y ninguno de los dos me dio cuerda para seguir con mis 8

4 lamentaciones. Me dio un poco de rabia, pero no mucha. Yo mismo estaba más que harto de aquel tema de conversación En realidad, hacía más de un mes que no hablábamos de otra cosa que no fuera el campamento de Navidad. Desde el doce de noviembre, para ser exactos! Lo sé porque marqué el día en mi calendario de pared, con un redondel tan negro como la noticia que acababan de darme. Eso sí, me la habían dado con una sonrisa de oreja a oreja, encantados de la vida Pablo, este año irás al campamento de Navidad! Que qué, que qué? pregunté como un pato mareado. Seguro que no lo había entendido bien Que irás al campamento de Navidad repitió mi madre, aguantando todavía la sonrisa. Pues lo había entendido bien a la primera Estallé inmediatamente en un torrente de enérgicas protestas: En Navidad? Ni pensarlo! Os habéis vuelto locos o qué? En Navidad hace 9

5 un frío que pela! No pienso congelarme en una tienda de campaña, que lo sepáis. No me da la gana! No, hombre, no! intentó calmarme mi padre. Estaréis en un albergue. No me gustan los albergues! No me gustan los campamentos! Y no pienso ir a ninguna parte! Que nadie se equivoque conmigo, eh? Me encantan los campamentos, adoro las tiendas de campaña y no tengo nada especial en contra de los albergues, que conste. Pero en verano, todo eso en verano Porque lo que no me gusta ni pizca es pasar frío! Además, los campamentos de verano son una fiesta, con todos los amigos de siempre y muchos otros nuevos. En cambio, los de Navidad, por lo que me han contado quienes han tenido la desgracia de conocerlos, son más tristes que un entierro en un día de lluvia. Solo van cuatro gatos, y tres de ellos lo hacen con cara de vinagre. Como yo mismo, sin ir más lejos 10

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7 Mis padres intentaron razonar conmigo sin perder la paciencia. Que si ellos tenían que trabajar aquellos días Que si qué culpa tenían de que las vacaciones escolares y laborales no coincidieran Que si ya les gustaría tener tantas vacaciones como yo y no tener que mandarme a ningún sitio Que si no era cosa de dejarme solo en casa todo el día Tenían un saco de argumentos! Pero no me daba la gana de ir de campamento, y todos sus motivos me parecían excusas absurdas para deshacerse de mí unos cuantos días y quedarse tranquilos. A mí no me la daban! Al final perdieron la paciencia, claro. Y, aunque lloré y pataleé de una manera vergonzosa, la cuestión quedó decidida sin tener en cuenta mi opinión. Me pusiera como me pusiera, iría de campamento! No me quedaba más remedio que aguantarme, así que me aguanté. Ahora, eso sí, me pasé protestando todo el tiempo que quedaba hasta Navidad, y ellos acabaron por no hacerme ni caso. Bien mirado, tampoco les quedaba más remedio 12

8 El día veintiséis salí de casa con la mochila abarrotada de ropa de abrigo, con el bocadillo gigante de jamón bajo el brazo y con una cara tan larga que me llegaba al ombligo. Se me puso todavía más larga al llegar a la parada del autobús, y no me llegó hasta las rodillas porque no la tengo tan elástica, que si no Aquello era un autobús? Aquello era un taxi grande, como mucho! Lo entendí perfectamente en cuanto miré a mi alrededor. Por lo que parecía, la expedición la formábamos solo cinco pobres desgraciados y una monitora con mucha cara de sueño. Aún nos sobraría sitio y todo! Los cinco condenados teníamos poco más o menos la misma cara de entusiasmo. Eso me alegraba, por una parte, porque nos entenderíamos bien entre nosotros. La desgracia une mucho! Por otra, sin embargo, me deprimía muchísimo pensar que íbamos a pasar varios días sumidos en aquel ambiente tan tristón. Los padres y las madres parecían tener prisa por despedirse de nosotros y volver a casa, al calorcillo de la calefacción, porque 13

9 hacía un frío que cortaba el aliento. Amontonaron las mochilas en el portaequipajes, repartieron besos y abrazos por aquí y por allá, nos empujaron para que subiéramos de una vez al autobús y nos dijeron adiós con una sonrisa de oreja a oreja. Qué morro! En el autobús, el ambiente era tan espeso que se hubiera podido cortar con un cuchillo. La monitora se aseguró de que todos lleváramos bien puesto el cinturón de seguridad, dio al conductor la orden de ponerse en marcha y bostezó después con tanta energía que se le llenaron los ojos de lágrimas. Cuando se recuperó del bostezo, se aclaró la garganta y se arrancó a gritar como si estuviéramos en un trasatlántico y tuviera miedo de que no la oyeran los del fondo: Buenos días, chicos y chicas! Me llamo Angelina, y estoy segura de que pasaremos cuatro días fantásticos en el albergue Río Gélido. Río Gélido, madre mía! Cuando yo decía que íbamos a pasar un frío de chupar- 14

10 nos los dedos Como no decíamos ni pío, Angelina siguió, al mismo volumen: Me parece que no os conocéis entre vosotros, verdad? Pues venga, presentaos! Señaló directamente a la chica que ocupaba el primer asiento, una pelirroja con la nariz respingona y con una cara de malas pulgas que daba miedo. Nuria se limitó a decir, ahorrándose palabras y saliva. La monitora volvió a gritar: Hola, Nuria! y señaló al siguiente, un canijo con el pelo de punta. Marcos. La monitora nos lanzó una mirada asesina y todos murmuramos, obedientes: Hola, Marcos Era mi turno. Pablo. Hola, Pablo Cuánto entusiasmo! Celia dijo una morena muy alta. Andrés el último de los condena- 15

11 dos, un grandullón que no dejaba de mover las piernas de un lado para otro, cortó el saludo colectivo a Celia. Angelina volvió a mirarnos con la nariz fruncida. A lo mejor es que tenéis mucho sueño Dad una cabezada, si queréis! No hacía falta que dijera más. Los cinco cerramos inmediatamente los ojos, antes de que se arrepintiera, y fingimos que dormíamos a placer durante muchos kilómetros. Bueno, Andrés dormía de verdad, a juzgar por los ronquidos 16

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